Llevo varios años dándole vueltas en la cabeza a diversas ideas para un relato, una novela o qué se yo. El caso es que cuando parece que se me ocurre algo, en el momento de llevarlo a la práctica, me quedo en blanco, como el personaje de la novela del rey de los best - sellers.
Hace unos meses empecé un relato corto, pero no sé cómo terminarlo, así que me dedico a visitar foros y talleres de escritura, a ver si soy la única, o es normal. No es por falta de ideas, pero se hace necesario que encajen y tengan sentido con el resto de la trama. No hay cosa que menos soporte que los libros que empiezan enganchando al lector de tal manera que no es capaz de soltarlos, y luego se quedan en nada, por falta de un final adecuado. Mi relato tiene que tener un buen remate, aunque me cueste meses (que me está costando).
Parece una tarea sencilla, pero no lo es para nada. Quizá me estoy poniendo el listón muy alto, es mi primer cuento y ya pretendo que salga perfecto, pero si no me lo planteo así, menudo bodrio, la fé es muy importante.
Y luego, suponiendo que lo termine, quedará la mejor parte, pedirle a alguien que lo lea y me dé su sincera opinión.
Así las cosas, entiendo lo que contaba el protagonista del relato de King. Todos los escritores famosos saben que se hace, porque más de uno ha utilizado ese truco: escribir cuando viene la inspiración, y publicar cuando proceda. Si durante un período de tres años se han escrito dos libros, se puede editar uno primero y guardar el otro para cuando se necesite. Como la cigarra del cuento, que acumulaba en la época próspera para tener alimento para cuando llegaran las vacas flacas. Si le ha pasado al súper productor de novelas de éxito, lo mío no debe ser tan raro.
El que no se anima es porque no quiere.


